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Los andenes mágicos, "Magialdia" Vitoria-Gasteiz

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La ilusión hace parada en Vitoria. Y como no le habían presentado al tranvía, ayer se acercó a saludar. Los naipes surgieron de los raíles para convertir espera en diversión. Los lunes... al truco
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Numerosos curiosos se acercaron a la parada del tranvía en Angulema.
NO es el andén 9 3/4 de la estación de King Cross. Pero la ilusión está a punto de aparecer en uno de sus rincones. No es Harry Potter. Pero, con sus años y las gafas, Imanol tiene un aire al mago más cinematográfico. El joven -y aventajado- aprendiz departe con David Blanco. Así de lejos llaman la atención, con sus elegantes trajes negros.
Lo reconocen. Nunca han hecho magia en la parada de un tranvía. En las calles de la ciudad, en las de un centro comercial... Pero nunca ante los raíles. "Está muy bien, porque así la gente puede ver la magia de cerca y con sus propios ojos; muy pocas veces pueden verlo en directo y con magos tan guapos", asegura Imanol. "Además
no han tenido que hacer cola ni comprar la entrada", añade David Blanco.
Las campanas de Desamparadas comienzan a tronar. El tañido se impone sobre la grabación que acompaña al tranvía, que hace su parada en el andén de Angulema. De repente, David e Imanol -por arte de magia- desaparecen. Cruzan la acera y buscan la marquesina. Buscan a los que esperan.
En lugar de libros, mensajes de móvil o miradas perdidas en la lontananza, el dueto mágico se propone como antídoto para la espera, como recibimiento para la llegada. David -cuello blanco levantado- se fabrica un corro de gente con un chasquido. "La mano más rápida que el ojo es una frase que decimos los magos para sentirnos más importantes", admite. Pero sólo es una piel de cordero.
Sobre un pedazo de madera, David dibuja puntos verdes. Es una suerte de semáforo, como los que marcan el ritmo del tranvía a lo largo de la ciudad, pero sus luces aparecen y desaparecen a su antojo. También los viandantes tienen poderes. Su abracadabra surte efecto. Sheila se descubre como toda una virtuosa lanzadora de puntos.
Ya triunfaron en las paradas de autobús. Y también lo hacen en las de tranvía. Tanto que el estrecho margen de acera comienza a resultar impracticable. El responsable de seguridad cumple con su trabajo y vigila el trasiego de usuarios, convertidos en espectadores.
David Blanco se saca una metáfora de la chistera. Propone un juego de magia a la carta. "No es un menú del día", es un atracón de trucos de cartas, un baile de corazones y picas, de tréboles y diamantes. "Yo quiero un bistec", pide alguien de segundo. Pero David no llega a tanto. Sí que sabe, en cambio, elaborar un postre con las letras de dos apellidos. Y la decimoquinta carta, ante la expectación del gentío, es efectivamente un siete de corazones. "Es imposible, no ha tocado nada".
Mientras, Imanol cultiva a unos metros otra buena ración de incredulidad y risas. Las narices de payaso se multiplican una y otra vez en la mano de una señora, sin que nadie se lo explique. En medio de los rojos apéndices de espuma, se cuela una nariz negra. "Es Morgan Freeman", explica Imanol.
También en la parada del Parlamento hizo acto de aparición la magia, con Roberto Gómez y Barruti. ¿Un par de pases mágicos para intentar poner a todos los políticos de acuerdo? Una quimera. Los mejores ilusionistas volverán hoy, a partir de las 19.00 horas, a conquistar las puertas del tranvía.
Algunos habrían preferido que ayer el truco hubiera llegado por la mañana, convirtiendo el lunes en viernes. O que el cuarteto de prestidigitadores al aire libre lograran dar la vuelta al tiempo y nos devolvieran un ratito de verano ante el inminente soplido del invierno. La magia ya está en la calle. Ya está en Vitoria. Hace veinte años que prueba la fuerza de su influjo.